Podemos vivir desde el miedo o desde el amor: nosotros escogemos

El atardecer está tiñendo de tonos naranja y azulados el cielo de Roma, en una tarde noche de inicio de verano. Ando por las callecitas de Trastevere, saboreando con mis 5 sentidos mi ciudad.

Roma, Italia

Los turistas se refrescan en las fuentes prosperas, jóvenes enamorados disfrutan de sus primeras citas con una copa de vino acompañado de un brillo especial en sus ojos, las calles se llenan de sonidos, de risas, de charlas en voz alta, a veces molestas, a veces maravillosas, que emanan la alegría que solo los pueblos del sur sabemos trasmitir.

Roma reluce de toda su belleza, alegría, encanto, misterio que consigo ver con los ojos curiosos propios de un niño o de un viajero…de quien ve algo por primera vez: ésta es la ventaja de quien, cómo yo, se ha mudado a vivir a otro lugar y cuando vuelve a su casa es capaz de fijarse sólo en lo positivo, en lo deslumbrante, olvidándose de los defectos que aparecen silenciosos a lo largo de la vida cotidiana.

Me siento en mi terraza preferida, justo detrás de la plaza “Santa María en Trastevere”. Me pido uno spritz, un aperitivo a base de vino blanco y aperol. Me relajo notando el frescor de la copa entre mis manos, el sonido agradable del hielo golpeando las paredes del vaso de cristal, el sabor ligeramente amargo que acompaña cada sorbito.

Saco mi libreta aprovechando este momento para mi. Quiero escribir, planificar nuevos proyectos y objetivos, pero la verdad es que me siento bloqueada. Bloqueada por la vida o quizás por mí misma. Atrapada entre el deseo de ser madre y el miedo, camuflado de escusas y dudas. Atrapada por las ganas de romper las reglas y el deseo de tranquilidad y estabilidad. Atrapada entre dos mundos. Me doy cuenta que mi vida en estos últimos meses se ha parecido a una de estas bolas de cristal que, al darle la vuelta, se llena de repente de copitos de nieve que flotan por todas partes. Antes de manera tumultuosa y luego, poco a poco, van bajando silenciosos dejando un espacio limpio y cristalino.

Mi mente y mi corazón han sido como bolas de cristal, llenos de emociones de colores e intensidad distintos, de pensamientos ligeros y pesados, de una explosión de sensaciones contrastantes y a la vez complementarias.

Se me llenan los ojos de lágrimas y sé que son la exteriorización de este tumulto de emociones que quieren salir como burbujas en una botella de champañe.

Un hombre, sentado en la mesa de al lado, saca fotos con una réflex a la gente que pasea por la plaza, mientras se encienden poco a poco las luces de las farolas.

podemos vivir desde el amor

“Es curioso”, dice en voz alta con un claro acento romano, “¡cómo nos parecemos a una cámara réflex”! Le miro sorprendida. Tiene que tener unos 45 años, el pelo rizado, moreno y los ojos negros. “¿No crees?” Me pregunta clavándome su mirada profunda y al mismo tiempo irónica.

“¿Cómo dices?” le contesto con asombro y curiosidad. “Digo que nos parecemos a una cámara réflex: vemos el mundo a nuestro alrededor a través de una lente y solo somos capaces de ver dentro del foco, perdiendo la visión lateral de las cosas y de la realidad. Ponemos el enfoque en puntos que creemos tan importantes, que al final perdemos de vista todo lo demás, todo el conjunto de posibilidades alternativas que nos rodean”.

Me quedo fascinada por su teoría, le observo mientras sigue hablando, con la mirada hacia el frente, cómo cuando miramos el mar e intentamos ver más allá del horizonte.

“Y lo peor de todo es que le ponemos un filtro a “nuestra réflex”. Este filtro se llama miedo. Entonces tomamos decisiones equivocadas, andamos por caminos que no nos satisfacen, nos bloqueamos con la sensación de que estamos atrapados entre dos mundos interiores que están en conflicto el uno con el otro”.

Al escuchar estas palabras se me sobrecoge el corazón.

Cómo siempre pasa cuando decidimos soltar las riendas de un control ficticio y conectar con el momento presente, el universo nos pone delante justo lo que necesitamos.

“¿Y como se quita este filtro?” Le pregunto al hombre que me devuelve la mirada de tal forma que me siento como si fuera capaz de leerme la mente y el corazón. Aquella sensación de conexión que se siente con pocas personas en la vida.

“Viviendo desde el amor. Podemos vivir desde el miedo o desde el amor.”

Tomar decisiones desde el miedo hace que intentemos alejarnos de lo que nos puede ocasionar un posible sufrimiento: una situación, una persona, un trabajo, un reto. Pero también nos alejamos de lo que nos hace sentir vivos.

Vivir desde el amor, el amor hacia nosotros mismos y hacia los demás, ciertamente no nos protege del sufrimiento pero sin duda, nos acerca a lo que necesitamos para crecer como personas, evolucionar, realizar nuestros sueños, conocer a personas con las que conectar de verdad, encontrar nuestro propósito. Dicho de otra forma, a vivir más auténticamente y con sentido.

Sólo cuando decidimos vivir desde el amor somos capaces de aceptar la realidad y aprender de ella. Aceptar lo que nos pasa, sobretodo lo malo, lo difícil, nos permite romper el muro contra el que chocamos una vez tras otra cuando adoptamos una actitud equivocada, de víctima enfadada. El aceptar va de la misma mano de una actitud responsable, de quien sabe que la interpretación de los que nos pasa en la vida es nuestra elección.

cuando te aceptas puedes cambiar

La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar. Carl Rogers

Así que, quejarse o enriquecerse pueden ser dos caras de una misma moneda. Nosotros elegimos. Aceptar y elegir nuestra actitud non libera de las arenas movedizas de la resignación y del victimismo.”

Vuelve a mirarme, mientras acerca a su boca una copa de vino tinto. “Romper las trampas mentales es muy fácil. Pregúntate siempre: ¿Qué haría yo si no tuviese miedo? ¿Qué elegiría si no tuviese nada que perder?

Si contestas a esta pregunta con sinceridad, ampliarás tu visión más allá del foco de la cámara.”

Me quedo unos instantes en silencio, con la mirada perdida en mi mundo interior. Mientras observo mi ciudad teñirse de oro bajo las luces de las farolas, me doy cuenta que los copos de nieve de mi bola de cristal están bajando. Me doy cuenta que estoy experimentando uno de estos momentos especiales que a veces la vida nos regala, en que todo suele parecer claro y en su lugar. Estos momentos en que conseguimos ver la vida a través de unas lentes especiales, con las que la visión deja, por un instante, de ser borrosa y el camino se hace claro.

“Gracias por tus palabras” le digo al hombre. Con asombro me doy cuenta de que la silla está vacía. En la mesa la cuenta pagada y una rosa roja con una nota: “A Federica, para que aprendas a coger las rosas de tu vida, sin miedo a dañarte con sus espinas”.

Con el corazón a mil y los ojos mojados miro a mi alrededor, buscando al hombre misterioso que conocía mi nombre. Pero nada, sólo oía el bullicio alegre de la gente en una preciosa tarde noche de inicio de verano.

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