¿Te has dado cuenta de que cuando algo está prohibido, se vuelve casi irresistible? Es como si un letrero de “no tocar” activara un interruptor dentro de nosotras y nos empujara directamente a hacer justo lo contrario. ¿Por qué pasa esto? Es una pregunta que siempre me he hecho, y no importa si hablamos de dietas, de educación infantil o incluso de nuestras emociones más profundas. Las prohibiciones tienen esa magia extraña de convertir lo cotidiano en una tentación difícil de ignorar.
Recuerdo la primera vez que me puse a dieta en serio. Me prometí que no iba a comer chocolate en ninguna circunstancia. “Es por tu salud”, me decía, como si estuviera haciendo un trato con mi propia fuerza de voluntad. ¿Qué crees que pasó? Que no dejaba de pensar en el chocolate: soñaba con él, lo olía en todas partes y, al final, acabé comiéndome una tableta entera, con un sentimiento de culpa que no me cabía en el cuerpo. Ahí entendí que el “no” absoluto puede ser una trampa mortal.
Lo mismo sucede con los niños y las niñas. Si alguna vez has dicho “no toques eso” o “no hagas aquello”, sabrás que es una invitación directa para que lo hagan. No es que quieran desobedecerte, es que su curiosidad les gana. Y, siendo sincera, ¿quién puede culparles? Esa chispa de rebeldía también vive en nosotras, en cada etapa de nuestra vida.
Pero, ¿por qué las prohibiciones tienen tanto poder? Es algo que merece la pena explorar porque va más allá de las reglas sociales o los límites que ponemos en nuestra vida cotidiana. Es una cuestión de cómo funciona nuestra mente y nuestras emociones.
En las dietas: el enemigo del “no”
En mi experiencia personal, las dietas estrictas suelen fracasar porque están construidas en base a restricciones. ¿Te ha pasado que comienzas eliminando el pan o los dulces y, de repente, parecen estar en todas partes? Es casi como si el universo conspirara para recordarte todo lo que no puedes comer.
La realidad es que prohibirnos alimentos no solo afecta nuestras emociones, sino que también puede desequilibrar nuestra relación con la comida. Comenzamos a etiquetar los alimentos como “buenos” o “malos”, y eso nos llena de culpa cuando rompemos las reglas. Pero, ¿y si cambiáramos la perspectiva? En lugar de prohibir, ¿y si nos enfocáramos en elegir desde el cuidado propio? Cuando te permites un pedacito de ese postre que tanto te gusta, en lugar de comértelo con culpa, lo haces desde el disfrute, y eso cambia todo.
En la educación infantil: los límites con sentido
Si tienes hijos/as o has convivido con niños/as, sabes que la palabra “no” es un arma de doble filo. Imagina a una niña pequeña mirando un charco de agua. Si le dices: “ni se te ocurra saltar ahí”, ¿qué crees que hará? Seguramente, el charco se convierte en el centro de su universo. No es que quiera desafiarte, es que necesita entender por qué ese “no” está ahí.
Esto me ha hecho reflexionar mucho sobre cómo usamos las prohibiciones con los niños. Creo que a veces las personas adultas somos demasiado rápidas para negar sin explicar. Pero, ¿qué pasaría si les diéramos contexto? En lugar de un “no toques eso”, podríamos intentar un “cuidado, si tocas eso puedes lastimarte”. No es lo mismo imponer un límite que construir una razón para respetarlo.
Los límites no tienen que ser un muro infranqueable; pueden ser una guía. Es como si les diéramos una brújula en lugar de una barrera. Así, ellos aprenden no solo a obedecer, sino también a entender y elegir.
En nuestras emociones: lo que reprimimos crece
Las prohibiciones no solo afectan lo que hacemos; también moldean cómo sentimos. ¿Te ha pasado que intentas no pensar en algo y, cuanto más lo evitas, más aparece en tu mente? Las emociones funcionan de una manera similar. Cuando nos decimos: “no llores”, “no te enfades” o “no sientas eso”, lo que realmente hacemos es bloquear una parte de nosotras mismas.
Lo que reprimimos no desaparece; simplemente encuentra formas diferentes de salir. A veces se convierte en ansiedad, en tristeza o incluso en dolor físico. Me gusta pensar que nuestras emociones son como una alarma: nos están avisando que algo necesita nuestra atención. Si apagamos esa alarma, el problema no desaparece; simplemente lo ignoramos hasta que se hace más grande.
Permitirte sentir no es fácil, lo sé. A veces puede dar miedo o hacerte sentir vulnerable. Pero aceptar lo que estás sintiendo es el primer paso para comprenderlo y, eventualmente, transformarlo.

La trampa del “prohibido” en los traumas
Las prohibiciones también juegan un papel en cómo lidiamos con los traumas. Muchas veces nos decimos a nosotras mismas que no pensemos en lo que duele, que no volvamos a esos recuerdos difíciles. Y, aunque es natural querer protegernos, reprimir esos momentos puede ser una forma de encadenarnos a ellos.
Cuando algo nos marca profundamente, prohibirnos enfrentarlo o evitarlo no lo hace desaparecer. Es como una herida que intentamos ignorar, pero que sigue doliendo. Enfrentar esas emociones y esos recuerdos, aunque duela, puede ser el inicio de la sanación.
Prohibiciones y bienestar: un equilibrio necesario
Hablemos de cómo las prohibiciones afectan algo tan esencial como nuestro bienestar. Ya sea físico, emocional o mental, cuando nos imponemos restricciones rígidas, terminamos creando un entorno de estrés y desconexión con nosotras mismas.
Por ejemplo, si tu bienestar físico depende de una dieta que percibes como un castigo, tarde o temprano el estrés hará que abandones ese camino. El bienestar no se trata de seguir reglas estrictas, sino de escuchar tu cuerpo y darle lo que realmente necesita. Comer conscientemente, moverte porque te hace sentir bien y descansar cuando lo necesitas son formas de nutrir tu cuerpo sin caer en la rigidez.
Lo mismo ocurre con el bienestar emocional. Cuando nos prohibimos sentir tristeza o enfado, acabamos acumulando emociones no resueltas que nos roban energía y nos alejan de la paz interior. Aprender a sentir sin juzgarnos es un acto de amor propio. A veces, darte permiso para llorar, para expresar lo que te molesta o incluso para gritar, puede ser la puerta hacia un estado emocional más saludable.
Y no olvidemos el bienestar mental. Las prohibiciones pueden generar un ruido constante en nuestra cabeza, como una lista interminable de “no puedes”, “no deberías” o “no estás haciendo lo suficiente”. Ese tipo de diálogo interno puede hacernos sentir atrapadas en una espiral de autoexigencia. En lugar de eso, ¿qué pasaría si cambiáramos esas palabras por “puedes intentarlo”, “mereces esto” o “hazlo a tu ritmo”?

Transformar las prohibiciones en bienestar
El verdadero bienestar no viene de imponernos restricciones, sino de vivir en equilibrio con nosotras mismas. Ya sabes, cuerpo, mente y emociones en armonía.
Cuando dejamos de pelear contra lo que creemos que “no deberíamos” hacer y empezamos a preguntarnos qué necesitamos realmente, abrimos la puerta a una vida más plena y auténtica. Por ejemplo:
- En lugar de prohibirte ciertos alimentos, puedes valorar cómo incluir comidas nutritivas que te hagan sentir bien.
- En lugar de reprimir emociones difíciles, permítete sentirlas, entenderlas y, cuando estés lista, dejarlas ir.
- En lugar de decirte que no puedes tomarte un descanso, recuerda que descansar es una inversión en tu energía y bienestar.
El bienestar no se trata de perfección, sino de cuidado. Y ese cuidado no puede nacer de la rigidez de las prohibiciones, sino de la libertad de elegir lo que realmente necesitas para estar bien.
Las prohibiciones no son el enemigo, pero sí pueden convertirse en una trampa si no somos conscientes de cómo las manejamos. Si en lugar de prohibirnos, nos damos permiso para explorar, para aprender y para decidir desde un lugar de amor propio, creo que podemos cambiar nuestra relación con nosotras mismas y con el mundo.
Porque, en el fondo, no se trata de imponer reglas. Se trata de construir caminos.
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