Cómo salir del bucle de la insatisfacción

Cómo salir del bucle de la insatisfacción y tomar las riendas de tu felicidad

Ana es una mujer de 39 años. Tiene un trabajo estable, está soltera y llega a mi consulta porque se siente bloqueada.
Tiene la sensación de que la vida de los demás sigue avanzando y, en contra, la suya se ha quedado atrapada en un bucle del que no consigue salir.

Tiene un trabajo estable, que le da esta seguridad que todos de una forma u otra vamos buscando, sin embargo, no se siente satisfecha. Se da cuenta que el trabajo se ha transformado en un medio para tener un sueldo al final de mes y en nada más…

Ya no hay pasión, ya no hay entusiasmo… ya no hay forma de crecer.

Con sus relaciones personales, siente algo parecido: rodeada de mucha gente, pero a la vez sola. Todo el mundo tiene su vida, casi todos casados con niños y no se siente en sintonía con ellos.

Le gustaría encontrar una pareja, pero todas sus relaciones acaban mal reforzando su creencia que a esta edad ya es complicado encontrar a alguien.

Le miro a los ojos y me veo reflejada a mí misma hace muchos años, cuando también experimenté la sensación de que el mundo caminaba demasiado rápido y de que yo me encontraba atrapada en otra dimensión paralela, una dimensión pesada y aburrida.

Entonces me acordé de la frase que mi coach de entonces me dijo: “Locura es hacer lo mismo una vez tras otra y esperar resultados diferentes”.

Así que repito a Ana la famosa frase de Einstein, y luego le pregunto qué es lo que hace para sentirse así.

Me mira un poco sorprendida por la pregunta. Así que me explico mejor: “La forma en la que nos sentimos es el resultado de nuestros pensamientos y también de nuestras acciones” le digo.

Y sigo: “si no te gusta tu situación es por dos razones: La primera por los pensamientos con los que alimentas tus emociones, en este caso la tristeza, y segundo, por lo que haces o no haces para romper el bucle en el que te sientes atrapada”

Y le escribo en un papelito una pequeña fórmula que tuvo un gran impacto en mi vida el día que me la enseñaron por primera vez: S=E+P.

“Qué significa?”, me pregunta Ana con la mirada de quien está a punto de encontrar la pieza clave para acabar su puzzle.

Los sentimientos que tenemos, la forma en la que nos sentimos es la suma de las emociones que surgen espontáneas en nuestro interior más los pensamientos que hacemos alrededor de ellas.

En otras palabras, los sentimientos no son nada más que la manipulación de nuestras emociones por parte de nuestros pensamientos.

Esto quiere decir que, si quiero sentirme de forma diferente, necesito tener pensamientos diferentes, aunque la emoción siga siendo la misma.

Puedo, por ejemplo, tener un mal día en el trabajo, incluso puede que mi jefe me llame la atención. A raíz de esto, me sentiré espontáneamente triste o enfadada, según la situación. La tristeza y el enfado son las emociones: son como impulsos espontáneos y naturales. Entonces puedo “aliñar” estas emociones con pensamientos diferentes.

Por ejemplo, podría pensar que es injusto que me mi jefe me haya llamado la atención, que nunca me valora y sólo se fija en las cosas que no me salen tan bien, olvidándose de todas las demás.

Este tipo de pensamiento no hará nada más que empujarme en un profundo estado de victimismo y desmotivación, empeorando mi relación con el trabajo.

Pero hay otro camino: podría preguntarme si el motivo de la “bronca de mi jefe” es cierto. En este caso podría tomar una actitud activa enfocada en buscar soluciones. Podría preguntarme qué puedo aprender de esta situación y cómo puedo mejorar para que no se repita.

Además, podría también preguntarme qué es lo que podría hacer para sentirme más valorada en el trabajo. Al fin y al cabo, tomar las riendas de la situación y no déjame llevar por el victimismo. De esta manera la tristeza o el enfado dejarían espacio a una sensación de mejora y de confianza. ¿Lo ves? De las mismas emociones me puedo sentir de dos formas completamente distintas, según lo que piense”.

Entonces me pregunta: “Para obtener resultados diferentes, haz algo diferente… en este caso piensa de manera diferente, justo?”. “Eso es… y además hay otra cosa importante para romper el bucle… La magia empieza fuera de la zona de confort”.

sal de tu zona de confort y de tu círculo vicioso

“¿Qué magia?” me contesta un poco perpleja. “Pues, la magia que aparece cuando salimos de nuestros límites, de nuestra rutina, de nuestra zona confortable, en la nos sentimos protegidos.

Volviendo al ejemplo anterior, una manera de salir de mi zona de confort sería dejar de quejarme, tomar valor e ir a hablar con mi jefe, explicarle con asertividad la manera en la que me siento en el trabajo y proponerle alguna solución, sin esperar que las cosas pasen solas… porque casi nunca lo hacen.

Empezar a hacer algo todos los días que me haga crecer un poco.

Hablar en la reunión del trabajo si nunca lo hago, por ejemplo.

O hablar con aquella compañera con la que no me llevo muy bien.

O aprender algo nuevo.

Como si fuera un entrenamiento, cada día podría encontrar la forma para ampliar los límites de mi zona de confort. Tomar las riendas de tu vida significa también actuar de forma de que las cosas que quieres pasen”.

Ana se queda unos instantes con la mirada fija, pensando. Luego nos miramos a los ojos unos segundos, breves, intensos…

Una de estas miradas que es capaz de comunicar mucho más que mil palabras. La mirada de quien, de repente, es capaz de ver un poquito más allá del que pensaba que es su horizonte.

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